Luces y sombras o la historia de Eloisa

Quererse, aceptarse, no se aprende en el instituto. Se aprende con el amor hacia sí mismo, con la paciencia y el tiempo. Sonreír cada mañana frente al espejo para convertirlo en nuestro mejor amigo y no en el enemigo número uno debería ser una asignatura obligatoria en la escuela. Quizá, evitaría un malestar recurrente en niños, adolescentes y adultos; quizá, la sociedad evolucionaría de manera diferente sin tanto odio y desprecio hacia los demás.

Solo tenemos un cuerpo. Unas nacen como sirenas; otras, no. Lo que hay de cierto es que por salir de los cánones de belleza que nos imponen los estilistas de moda, las revistas femeninas y la sociedad en general parece que no somos ni deseables ni seductoras. Este lavado de cerebro empieza desde la infancia para no acabar nunca… O sí: el día que entendemos que valemos la pena, que como nosotras no hay ninguna (por supuesto, es aplicable a los hombres).

A Eloisa no le gustaba su cuerpo. Es más, lo odiaba por no estar en línea con los que las revistas nos presentan diariamente, hasta la saciedad. Curiosamente, son sus hijos y la enfermedad lo que le ha permitido abrir los ojos. “Este cuerpo que me está matando me ha dado lo que más quiero en el mundo”, escribe hablando de sus hijos, describiendo sus estrías.

No hay ninguna historia de persona con cáncer que no me impacte, pero he de decir que leer el post de Eloisa el pasado 28 de septiembre me llegó al alma. Lo quise compartir en el Instagram de La Vida en Rosa, pero fue imposible porque había demasiado texto. Por no recortar las preciosas palabras que escribió, me puse en contacto con ella. Y allí estamos, hablando de lo que es o no importante en la vida o del amor que nos tenemos que dar a nosotras mismas, y eso, más allá de la propia experiencia del cáncer. Eloisa tiene tres hijos, es bloguera y emprendedora*. Convive con la enfermedad desde hace casi dos años, con sus altibajos.
El post de Eloisa y su foto

Esta soy yo. Con mis luces y mis sombras. Todas mis células, mis músculos, mis huesos, mis cuatro pelos, mis pieles colgantes, mis estrías, mi celulitis, mis queloides y mis cicatrices, mi cara de luna y mis moratones post heparina… Y mi cáncer, que no sale en la foto, pero se respira en cada poro.

En este cuerpo he nacido, he crecido, he engordado y adelgazado, lo he llevado puesto cada día, en él he sangrado y gozado, reído y llorado, en él han latido cinco corazones además del mío, ha dado vida y ha albergado muerte.

Este es mi cuerpo. Y la mayor parte de mi vida lo he odiado por no adaptarse a los cánones establecidos: demasiado gorda, demasiado alta, los pies demasiado grandes, las cejas demasiado pobladas, demasiado pelo en las piernas…

Es paradójico que justo ahora, cuando mi cuerpo me está matando, más haya aprendido a amarlo por todo lo que me ha dado más allá de esos juicios externos que he aprendido a obviar por irrelevantes y esos cajones en los que siempre me ha sido imposible entrar.

Me ha dado lo que más quiero en este mundo y lo que más echo de menos. Miro mis estrías en el espejo y no me avergüenzo de ellas sino que las veo como condecoraciones a mi útero y mi vientre por su desempeño más allá del deber.

Veo en mis carnes descolgadas, brazos amorosos y regazos confortables. En mis piernas y sus texturas, dos columnas griegas que me sostienen con dignidad. En mi calva brillante el cerebro que alberga mi alma y mi pensamiento. Me veo y no me reconozco y sin embargo soy cada vez más yo, con mis luces y mis sombras. Con mi salud y con mi cáncer.

Esta soy yo y me ha costado mucho tiempo no avergonzarme de mi cuerpo, aceptarlo como es, como parte de mí misma, amarlo y mostrarlo, con mis luces y mis sombras.

Leer el artículo original en la Revista Rosa

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