Acompañar a un ser querido hacía su muerte

Tras recibir un diagnóstico de cáncer, nos focalizamos en los tratamientos médicos, los cambios familiares, y profesionales y la búsqueda de soluciones alternativas. Es un momento vital en la que la persona enferma y su entorno están ocupados.

En el caso del cáncer como en la de otras enfermedades graves, puede llegar un momento en el que no hay que meter la cabeza bajo tierra, pero sin olvidar que la curación milagrosa siempre es posible. La literatura médica está llena de casos de curaciones inexplicables de pacientes que habían sido condenados por los médicos.

Sin embargo, en el caso del cáncer en proceso metastásico y en fase terminal es muy raro que pueda curarse de forma espontánea. En ese momento cuando ya no se trata de actuar y curar, sino de hacer más llevadera la vida del enfermo/a y aceptar que se acerca el final. Para muchas personas, es la etapa más difícil y preocupante.

Es normal sentirse desesperado/a e impotente.

Si un ser querido o un amigo próximo llega al final de su vida, podemos sentirnos llenos de desesperación, de miedo y tener la sensación de no estar a la altura.
Estas emociones son normales ya que nadie en el mundo tiene respuestas definitivas sobre la muerte. Es lógico estar angustiado o incluso en estado de pánico hacía lo desconocido. Las personas que se muestran tranquilas y seguras de sí mismas no saben más que las demás sobre lo que ocurre, simplemente, aceptan los límites del ser humano: límites de nuestra capacidad de a influir sobre los acontecimientos, límites de la ciencia y la medicina, límites de nuestros conocimientos frente al misterio de la vida.

Dejar decidir la persona que va a morir

Cuando una persona está en fase terminal, es posible que quiera cumplir un último deseo o aprovechar sus últimos momentos de lucidez. Algunas personas en esos momentos no quieren recordar días felices cuando su situación presente es penosa y trágica. Según la evolución de la enfermedad, la persona puede tener ganas de hablar, o prefiere tener una compañía silenciosa.

En esos momentos puede ser muy preguntarle a la persona lo que desea y escucharla con toda la atención que requiere ese momento. Preguntar si quiere que nos quedemos o si podemos ayudarle en algo. Comprender el momento vital en el que se encuentra y no sentirse molesto/a si prefiere quedarse sola, en ningún caso Nadie puede imaginar lo que está sintiendo en este momento preciso, y no es una señal de rechazo o de falta de amor.

No esperar al último momento

Al final de la vida, es necesario hablar de algunos temas prácticos con la persona que está a punto de marchar. Pueden ser temas como los cuidados y tratamientos de los últimos momentos, temas económicos financieros o de herencia, la organización de los funerales, decisiones de vida cuando la persona se haya marchado.

La mayoría de las personas se niegan a hablar de estos temas antes que el enfermo/a esté en sus últimos momentos, por superstición, para conjurar la mala suerte, o simplemente para no revelar al moribundo que pensamos que su final se acerca. Pero somos personas adultas, sabemos que todos vamos a morir un día u otro, por lo que hablarlo con la mayor naturalidad alivia en muchos casos a la persona enferma y a sus familiares y aunque resulte doloroso es necesario. No hay que avergonzarse al tratar estos temas, no es una falta de delicadeza ni una morbosidad, es necesario y cuanto antes mejor.

En cualquier caso, son discusiones muy dolorosas y difíciles, pero retrasarlas puede hacer que si el estado de la persona se deteriora, esta discusión sería imposible. Y después de la muerte, pueden quedarse solo preguntas sin respuestas. Pensar en temas prácticos como cuentas bancarias, deudas y ahorros, si volverá a casarse o se quedará solo/a, quién se ocupará de un pariente a cargo, de un animal doméstico, adonde están los papeles del seguro, cómo y donde quiere estar enterrado/a, etc.

No existen las palabras perfectas

Pasamos una gran parte de nuestra vida comunicándonos de diferentes formas: por teléfono, e-mail, whatsapp… y sobre temas muy diversos, sin embargo, cuando se trata de hablar de la muerte o decir adiós a un ser querido, podemos quedarnos en blanco.
Aunque uno tenga facilidad para hablar, siempre tendrá la impresión de haberlo dicho todo. Para los vivos, la muerte siempre es un misterio, y no se puede decir « adiós » o « hasta pronto » a alguien que se va a un lugar desde donde nadie ha vuelto.

La mejor solución es a veces no decir nada. La comunicación no verbal –quedarse sentado al lado de una persona, cogerle la mano, darle un masaje ligero si apetece- puede ser la mejor comunicación.

No dejarse paralizar por el miedo

Saber que una persona se está acercando a su muerte puede suscitar muchas clases de miedos: miedo a nuestra propia muerte, miedo a la enfermedad, miedo al sufrimiento. Este miedo es natural, y de nuevo hay que aceptarlo, no debe impedirnos pasar tiempo con la persona que se está muriendo. Todo ello requiere valentía, pero de esta forma, le está aportando así mucho alivio, pudiendo ser éstos los momentos más importantes de su vida.

Puede ser el instante preciso para decirse cosas importantes, para vivir experiencias humanas muy intensas que ayudarán a ambas personas a enfrentarse a la separación. Según el Dr Zaider del Sloan Kettering Memorial, las personas que consiguen vivir estos instantes antes de la muerte con sus seres queridos tienen más facilidad para vivir la fase del duelo.

Apoyar a la familia

El conyugue y la familia cercana de la persona moribunda se sienten muy probablemente agotados tanto física como mentalmente. Tanto los cuidados intensivos como el peso emocional y todas las decisiones difíciles de tomar, pueden darles la impresión de estar aislados en su dolor.

Estas personas necesitan ayuda, todos necesitamos ayuda en estos momentos, así que no duden en ofrecerles ayuda en visitarlos. Esto puede alegrar a la persona enferma pero también a la familia que se sentirá menos aislada. Las familias recuerdan ese apoyo mucho.

Puede llegar un punto en el cual las visitas no son ni posibles ni deseadas. Si es el caso, una carta, una nota, proponer dejar la comida hecha puede contribuir a hacer las cosas más soportables para la familia.

Seguramente quedan muchas cosas por decir sobre un tema tan importante, por lo que no dudar en dejar comentarios al respecto.

Libros recomendables:

“La muerte un amanecer” de Elisabeth Kübler-Ross
“La Rueda de la vida” de la misma autora.

De origen suizo y cuerpo menudo, Elisabeth Kübler-Ross emprendió los estudios de medicina con la esperanza de poder ir a la India como misionera laica, tal y como había hecho Albert Schweitzer yendo a África.
Pero el destino la llevó a Nueva York, dónde empezó a trabajar con enfermos mentales, a pesar de tener pocos conocimientos teóricos de la rama de psiquiatría. A base de escucharlos y de estar con ellos, al cabo de 4 años la mayoría había vuelto ya a emprender una vida autónoma, aceptando sus responsabilidades y sin depender de otros para ello.
Más adelante emprendió su labor como acompañante a enfermos terminales, tanto personas mayores como niños pequeños. Siguiendo el mismo proceso, de escuchar y estar abierta a todo lo que estas personas querían comunicarle, empezó a elaborar un esquema de las fases por las que pasa una persona que se enfrenta a la muerte, o a la pérdida de un ser querido. Dolor, rechazo a la situación, enfado, negociación, aceptación, reconciliación con el proceso… Estos trabajos le valieron el reconocimiento internacional en el incipiente campo de estudio de la tanatología: el proceso de morir.
A entrar en contacto con miembros de la recientemente inaugurada psicología transpersonal, Kübler-Ross pudo vivir una serie de experiencias extracorporales y transcendentes que le validaron y confirmaron que lo que le habían dicho muchos de sus pacientes, acerca de seres y visiones que acontecían justo antes del momento de la muerte, eran algo verídico y que cabía tener en consideración, como uno de las etapas de mayor importancia en este proceso.
A partir de allí sus conferencias se abrieron al objetivo de exponer que, además de la inexcusable importancia del acompañar al enfermo terminal, la posibilidad de la supervivencia de la consciencia después de la muerte era un ámbito de estudio que requería la atención de todos -sobre todo de los anonadados miembros de esta sociedad mecanicista occidental en la que vivimos. El deceso no sólo era un hecho que requería aceptación, sino que además era un proceso que había de ser afrontado sin miedo.
Después de años de un relativo rechazo por parte de la comunidad científica -quizás por ser una ‘vocera’ del movimiento ‘espiritual’-, el reconocimiento llegó en forma de numerosas entregas de títulos honoris causa, concedidos por diversas universidades de todo el globo.

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